
El antojo
Juré y perjuré que no iba a comprarme más ropa. Que desde que voy a Avellaneda el placard explota. Que podría no lavar la ropa, estoy para vestirme cada día de la temporada de un modo distinto sin tomarme esa molestia cotidiana.
Venía caminando de regreso y me agarró el agua. Ya estaba chorreando cuando ¿acto fallido? me refugié nada menos que en el local de ropa donde estaba esa camperita que tanto me gustaba.
Y pensé en nuestra cena, y me dieron ganas de ponerme linda…
Cuando salí, no había parado de llover e incluso llovía más fuerte, seguía empapada y me empapé peor, pero estaba feliz con mi pilcha nueva y canturreaba bajo la lluvia: “Hoy ceno contigo, hoy, ¡revolución!”
Me gusta:
Sé el primero en decir que te gusta esta post.