Llegar a casa

Que ella te espere a la noche para jugar no tiene precio

Que ella te espere a la noche para jugar no tiene precio

Llego a casa, cansada, fastidiosa, con hambre, con sueño, a veces hasta me duele todo. Pero ya cuando pongo la llave en la cerradura, veo adentro las sombritas de sus patas que se mueven y el maullido que me saluda tras de la puerta. Y ella, a su manera, me hace fiesta. Es entonces cuando empiezan los rituales: darle de comer, darle agua, jugar. Y mientras voy desensillando, adoptando mi traje de vida doméstica, voy cumpliendo con mis tareas para con ella, de manera que cuando me voy a acostar, ella viene conmigo, y ronroneando, se ovilla entre mis piernas y nos dormimos juntas y felices.

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